En una Plaza semisubterránea formada por el pasaje entre dos bloques de un edificio moderno en cuyos sótanos se reparten bares musicales, hamburgueserías quioscos, salas de máquinas de juego...., un hombre cuya edad pasa de los cincuenta, es posible que de los sesenta, con traje azul marino de corte clásico sin desmerecer la moda del momento, con la frescura en el rostro que da la vida cómoda y sana, a pesar de las ojeras semiocultas de todo buen ejecutivo, apoyado en estrecho pedestal en el centro de la plaza, sobre el que se yergue un provocador monumento peneal de formas geométricas salientes a sus costados, reparte rosas de distintos colores a la gente que pasa a su lado. No pide nada, no anuncia nada, no habla, simplemente sonríe y ofrece una rosa a cada transeúnte. Éstos le miran recelosos
-Está loco -comenta un hombre de mediana edad con larga barba y aspecto desaseado.
-Pero es bonito- dice la mujer que atiende el quiosco y que ha dejado el puesto para recoger su rosa.
-¿A qué secta perteneces tío? -le interroga burlón un jovenzuelo con pinta de hippy vestido en el Corte Inglés abrazando a una posmoderna.
-¿A cuento de qué rosas? -se preguntan la mayoría de los receptores. En algunos de ellos parece querer surgir una chispa de alegría en sus ojos, como si entendieran que un gesto tan simple como el de regalar sonrisas y rosas pudiera afirmar que aún queda algo de esperanza en el hombre.
Pero el caballero no dice nada, a pesar de que hay gente que intenta conversar con él, solamente encuentran como respuesta una sonrisa y una mirada un tanto lejana. Y su silencio parece aumentar la ternura de su sonrisa al serle aceptada una rosa.
No se puede aceptar así como así que algún desconocido te regale algo sin sospechar que exista algún interés detrás de ese gesto, y más si lo que regala son flores, algo inútil, a pesar de que algunos ya comiencen a hablar en la plaza del significado de los colores: rojo: pasión; blanca: consecución de los fines, la señorita del traje chaqueta verde oliva afirma que la rosa blanca es la pureza ...
Daniel sentado en la terraza de uno de los bares de la plaza no acaba de salir de su asombro. ¿Por qué este hombre de aspecto elegante y serio regala rosas en una plaza de tan diversos personajes como esta?, ¿le atrae la juventud que cobija estos muros, juventud que él ya perdió irremediablemente?, ¿es posible que sea la entrega simbólica del relevo, el rito religioso de apartarse de la vida para dejar paso a otros, para dejar la maldición a otros?. Daniel adivina cierta venganza en el hecho: ahí os quedáis con toda la mierda para vosotros. Quiere ver un toque de cinismo .Ante tantas responsabilidades y ataduras que se acabaron ya para él, entrega las rosas como un regalo envenenado que encierra la maldición de seguir adelante con este proyecto de mundo, ahora serán otros los que tendrán que responder: ante el trabajo, ante el sexo, ante la política, los hijos; responder siempre y a toda costa hasta que llegue el fin. Y Daniel, abriendo su cuaderno escribe:
Jóvenes rokeros, punkis, restos de hippys descafeinados, ejecutivos en traje de andar por casa, modernos en zapatillas, porretas, jóvenes padres no resignados a la irremediable imagen de familia, sarasas, parados sin carnet, oficinistas que dejaron la ilusión en el cajón donde esconden la última nómina, camareros en día de descanso, mirones, busconas, botes vacíos de cerveza y cocacola, terrazas blancas, algún niño de papá confundido y espolvoreado con la rebeldía de una causa archivada en su biblioteca, izquierdistas nostálgicos, fachas borrachos, pobres de pedir, vendedores de loterías, despedidos de trabajos estúpidos, esquizofrénicos, niñas desconcertadas con falditas cortas y caras lavadas, rateros, camellos ligth, gitanos para muestra, colillas mal apagadas, música, música alta, muy alta, a tope el volumen de la música...
La plaza despierta a las ocho de la tarde. Su ambiente es amplio y acoge a todos en tenue armonía. Bueno, a veces ocurre algún suceso tan inevitable como necesario para romper la monotonía que al fin todo lo traga y todo lo asimila. Centro de esparcimiento y desahogo, de recreo y posiblemente hasta de diversión, imbuye en todo el que comienza a bajar las escaleras de un pacto o ley no escrita por la cual todo se acepta y se respeta, cada uno a su manera: en realidad importa un rábano el de al lado siempre que nos deje tranquilos, que nos deje ser nosotros mismos (como diría la morena vestida de progre pasada de moda que está sentada en la mesa vecina) porque hasta eso que parece imposible, una vez bajadas las escaleras es casi imprescindible creérselo: en definitiva esta plaza es una auténtica escenificación de la propia vida.
Daniel deja de escribir en su cuaderno. Mira a una niña rubia de pantalón de cuero negro ajustado a sus muslos que deja pasar un hermoso cuenco de luz entre ellos dispuesto a recibir los rayos de sol del deseo; se cubre el torso con una camiseta también negra, sin mangas. Afirma con los movimientos de su cuerpo que ha sido alimentada a base de yoghurt y verduras. Exhalando juventud y deseo besa al hombre de las rosas en los labios al recibir su regalo blanco. Su mirada es dulce desde sus ojos claros.
Apenas le quedan medio centenar de rosas. Se puede ver a todos los habitantes de la plaza con su chispa de ilusión florecida en la mano. Daniel regresa a su cuaderno. Hace rato que le ha parecido reconocer al hombre de las rosas. Su recuerdo le ha llevado a los dieciocho años, a un centro juvenil, a discusiones sobre cristianismo y compromiso social, a iniciaciones políticas, pudiera ser uno de aquellos hombres de la clandestina Democracia Cristiana amparados en la vieja Acción Católica, aquellos padrinos del centro juvenil, al que se le escaparon de la mano unos jóvenes con ganas de comerse el mundo. Daniel escribe de nuevo en el cuaderno, escribe de prisa, agolpando las palabras.
Sin duda, este hombre canoso y de pronunciadas entradas, salió de su casa, decorada modernamente pero con un gusto clásico que demuestra su clase; en dirección a la oficina, seguramente algún puesto de funcionario medio-alto del estado. Allí le esperaría el sobre azul con el que se suele postergar a los ejecutivos. Es posible que no haya sido ayer, quizá ocurrió hace un mes, una semana ... Presagiando la noticia pero sin querer llegar a creérselo, demoraría el momento de abrir el sobre. Una extraña sensación de alegría y al mismo tiempo de tristeza le haría temblar las manos. Jugaría un rato con el abrecartas de plata que le habría regalado su mujer en su primer aniversario de bodas. La noche anterior habría intentado hacer el amor con su mujer inútilmente, en los últimos meses cada vez habrían sido más frecuentes estas escenas al mismo tiempo que menos frecuentes los intentos. Pero al final, sus manos sujetarían el papel en el que se le agradecía, con auténtica sinceridad y reconocimiento, sus servicios prestados, su exclusiva dedicación por todos conocida y se le invitaría a una cena de homenaje junto a otros compañeros y, por supuesto, las señoras. También le dirían que tenía dos posibilidades, cambiaría de puesto, a uno más cómodo para su edad o podría jubilarse ya que lo tenía muy bien merecido.
Daniel sonríe, bebe un trago de whisquy y mira sin ver la gente que pasa. Le divierte imaginar el pasado del hombre de las rosas, es muy posible que acierte, quizá sería bueno equivocarse. Pero en el cuaderno, la auténtica historia, la realidad, es la que Daniel transcribe creándola,
Seguramente tiene un único hijo que habrá estudiado ingeniería y estará trabajando en alguna empresa importante, bueno, es posible que tenga la parejita y la niña sea funcionaria de algún ministerio, o maestra, eso es, maestra. Será un cristiano concienciado (de los ricos que tienen mala conciencia ante la pobreza), simpatizante de la antigua Democracia Cristiana o Izquierda Democrática, de los que en los últimos años del régimen lucharon por una transición sin traumas. Sería de aquellos intelectuales de provincias que apoyaban la creación de grupos de jóvenes que daban clases, conferencias..., en barrios, en parroquias, aunque con el temor (como sin duda sucedió) de que se les fueran de las manos y reaccionaran ante la miseria de una forma radical, típica de la edad. Sin duda, su juventud y sus experiencias con la realidad, les llevarían a posturas políticas más duras que sus partidos. En su fuero interno nunca se creyó que la profesión fuera lo más importante de su vida, como la mayoría de su generación: trabajo y familia. La vería como algo en lo que derrochar su tiempo de una forma lo más agradable posible, para poder aprovechar así mejor su tiempo libre: lecturas, hijos, política de salón.... y como hombre inteligente intentaría salvar su conciencia, su grado colectivo de culpa, por vivir en un mundo injusto, apartado de su fe religiosa en la que no se permite que un rico entre el paraíso.
Cuando comenzó a tener los primeros signos de impotencia, ya muy liberal y de nuevo con sentido de culpa, le ofrecería a su mujer, medio en bromas, buscarle un amante. Pero sería como un puñal el día que la encontrara con el amante real. Cualquier día, el mismo en que recibió el sobre azul, llegaría a casa antes de tiempo y los encontraría en la alfombra del salón, pasaría de largo, se encerraría en el dormitorio razonándolo, entendiéndolo, pero con un enorme dolor en el pecho. Ella entraría después, nerviosa, llorando, tratando de dar mil explicaciones, pero él le sellaría la boca con un beso y una sonrisa como las que hoy reparte en esta plaza. Luego saldría a pasear por la ciudad.
Daniel es interrumpido por el camarero que le ofrece otro whisquy y un nuevo disco de Tom Waits.
-Es un poco más raro que los otros, pero es buenísimo, te va a gustar, ya verás.
Daniel acepta el disco y la copa y continúa su historia.
Haría mucho tiempo que no añoraría nada, excepto liberarse de todas las responsabilidades. En cierto modo la emancipación de sus hijos, el amante de su mujer, la jubilación, eran los agentes de su liberación. No le importaría perder el apetito sexual y procuraría recordarlo de vez en cuando para gozar de él, en realidad procuraría recordar poco pues todo recuerdo imposible de regresar nos aproxima a la nostalgia y a la tristeza: es decir al envejecimiento y a la muerte.
Pero no podría evitar cierta sensación de vacío. ¿Sería que su ilusión se le había escapado de las manos y la había entregado al trabajo (que ahora perdía el sentido), a la familia (ahora deshecha).?, ¿acaso la sensación de haber perdido los mejores años de su vida en cosas, casi siempre, ajenas a su sentimiento?, ¿o la sensación de que ya era tarde, tarde para vivir, para comenzar una nueva vida?, ¿tenía ganas, fuerza, ilusión, por comenzar otra vida?. No estaría exaltado, ni triste, sin duda el sentimiento dominante sería el aburrimiento. No estaba educado para el tiempo libre.
Caminaría por la ciudad durante toda la mañana observando el movimiento de las calles como si las recorriera por primera vez. Haría mucho tiempo que no paseaba en día laborable, observando a la gente, los puestos callejeros, el mercado...., en los últimos años, a estas horas siempre tendría prisa, caminaría siempre hacia un lugar determinado. Se había pasado los últimos tiempos viviendo como un autómata.
Pero si racionalmente tenía aceptado vivir sin responsabilidades (su mujer dependía para todo de él, a pesar de que al principio del matrimonio él intentó educarla en ser ella misma, en que tomara sus propias decisiones, al final el acabaría acostumbrándose a decidir de una forma monótona: desde el vino de la cena en un restaurante, hasta no tener más que dos hijos y utilizar anticonceptivos a pesar de lo que dijera el Papa), si tantas veces había deseado esta liberación, ¿por qué este hueco en el estómago?. Siempre había odiado las responsabilidades ajenas al cariño y la necesidad, esas responsabilidades que parecen redimir de un pecado extraño del pasado e increíblemente asumido por la historia de la humanidad.
Salió de casa a media tarde y compró todas las rosas que tenía la floristería de su calle. Se vino a esta plaza y comenzó a repartirlas entre los jóvenes, sin ninguna causa, por la única razón de que el cuerpo se lo pedía.
¿Habrá alguna oculta venganza en un hecho aparentemente de reconciliación con el mundo, de aceptación de la vida?.
Daniel deja de escribir. Mira al hombre de las rosas que sigue su tarea y sin saber porqué, recordó a Nietzsche riéndose de un discípulo que había sido capaz de matar a Dios pero estaba tan acostumbrado a vivir con él, que tenía que inventarse otros con los que sustituirlo. Pensó que al hombre de las rosas la libertad le había llegado demasiado tarde, como casi todo lo importante de la vida.
- ¡Esconderos rojos de mierda, han abierto la veda y voy a salir de caza!.- un viejo borracho, conocido hijo de familia de la pequeña ciudad, cruzaba la plaza gritando y tambaleándose - ¡Deme usted una rosa buen hombre, se la daré a la puta que me está esperando!.
En otra de las mesas de la terraza, al otro extremo, un chico rubio y semblante excesivamente serio para su cara de niño bueno, escribía también en un cuaderno. Esto se va a convertir en un club de escritores sin obra, piensa Daniel mientras bebe del vaso y examina al joven escritor nocturno. Hay que estar borracho o querer llamar la atención para escribir en una terraza de un bar. El joven lleva una camiseta blanca dejando al descubierto su piel barbilampiña Tiene una expresión de asombro continuo. Ahora le sonríe al camarero al dejarle una cerveza sobre la mesa. Su sonrisa era la del tipo del que no está acostumbrado a reír y se le queda helada, como pegada en la boca.
- Mira - oye a una jovencita en la mesa de al lado - es Nano, el que ha publicado una novela buenísima sobre el mundillo del bakalao.
-Pues es muy guapo - le dice su compañera.
- Pero está como un cerdito.
- Pues yo le ayudaba a adelgazar en pocos días.
Y ríen cómplices y llenas de esperanza en los días que vendrán. Daniel comprendió ahora aquella cara triste y esa risa helada: ser monje de la literatura, ser funcionario de la Gran Dama debe ser muy triste y muy doloroso. Sus ojos se cruzan un instante y los dos observan sus cuadernos abiertos. Daniel coge el vaso de whisquy y lo eleva en ademán de saludo o brindis, el otro baja la cabeza y continúa escribiendo con el aire del que está por encima del bien y del mal. Malos tiempos para la lírica, piensa, se exalta la juventud como valor y se admira a los payasos que gesticulan y opinan sobre lo humano y lo divino. Acaso lo ideal sea omitir el discurso, romper los propios mecanismos. Daniel se pierde en su escepticismo histórico, no estético y decide , recordando viejas batallas, pasar a la acción directa.
- ¡Triste vida la del náufrago hermano Francisco! - el joven levantó la vista de su cuaderno - ¡Miguel! - llamó al camarero -, ponme otra copa y lo que quiera a esa joven promesa de la literatura. Pero en ese momento llegaron contoneándose unos tejanos ajustados como la propia piel y el joven escritor se levantó y se fue con ella mirando de soslayo a Daniel mientras sonreía heladamente a la pálida enamorada.
El cielo estaba de un azul intenso y tenía un brillo especial anunciando la cercana presencia de la noche que ya comenzaba a presentarse en todos los rincones de la plaza.